Daniel Barrera. Ese es mi nombre. Ni especial ni común. Más bien piola. No tengo nada contra mi nombre, pero hay un tema detrás de el. Me pusieron Daniel para comenzar con la tradición de llamar al hijo igual que el padre. Dije comenzar porque mi papá no se llama como mi abuelo. Claramente yo no continuaré con esa estupida tradición. Sólo lleva a confusiones. Jamás sé si me llaman a mí o a mi papá. Nunca he llegado a un acuerdo con él para ver de qué forma nos llamarán a cada uno. Él se rehusa a que lo llamen viejo y yo me rehuso a que me llamen Danielito, Nelo, Nenelo y variantes de ese estilo que más de alguna vez me tuve que tragar. Me llamo Daniel. Pero mi papá también.
Entonces mi mamá, al ver que nunca nos pusimos de acuerdo, nos dice Daniel a ambos, y cuando nos llama los dos contestamos, y ella dice: no a tí no (refiriendose al despechado). Esa fue la solución.
El problema sucede cuando llaman por telefono. Como mi papá no tiene buen oído y, en consecuencia, está inadaptado para diferenciar entre la voz de un púber/adolescente y un adulto, solía dejar hablar a mis compañeros un largo rato antes de preguntarles si acaso era con su hijo con quien querían hablar. Cosa que me irritaba bastante, a propósito.
Tema aparte son mis apodos; en el colegio mis amigos me decían Barrera, ni un drama. Mis amigas me decían Dani, drama. Pero no había caso, después de decirles millones de veces que no me gustaba Dani lo seguían haciendo.
Ahora, en la universidad, a los profesores les dió por decirme Daniela. Sí, tal cual. Daniela Barrera. En algunas clases en donde pasan la lista soy llamado (en voz alta, para mi desgracia) así:
-Daniela Barrera.-
Risas.
Risas más fuertes (mi amigo Diego se encarga de eso).
-Es Daniel.- contesto.
-Ah, Sí. Disculpa Daniel.- dice el profesor.
Tengo una teoría: como mi segundo nombre es Alejandro deben leer rápido y ven la A como si fuese parte de Daniel. Eso debe ser. Eso espero que sea. No quiero pensar en que soy víctima de una cruel broma hecha por un grupo de profesores confabulados que gozan a hurtadillas de mi mal rato.
En mi casa pasa la misma tontera, mi papá y mi hermano se llaman Nelson, y cuando uno contesta tiene que hacer la inteligente pregunta :"¿llama al hijo o al padre?".
ResponderEliminarAunque en verdad de repente creo que la persona que inició esa tradición tan hermosa fue una que odiaba a su hijo/a, y también odiaba su nombre y dijo "me lo/a voy a cagar". Y así fue po. Aunque igual es terrible, me acuerdo que en noséquélado salía que uno le traspasaba los defectos de uno al hijo llamándolo de la misma manera.
Por otro lado, yo creo que cierto Diego les manda mails a los profes incitando a llamarte DanielA, o en su defecto sobornó a los de la imprenta para que efectivamente diga Daniela Barrera.
O quizás no, quizás sólo son seniles.
Eso, me rei harto D:
Saludos :B
jajaja, padezco del mismo síndrome: llamarse igual que tu padre.
ResponderEliminarLo del teléfono igual me pasó más de una vez. Mi padre querido se ponía a hablar con mis compañeros hasta que yo deducía por lo que alacanzaba a escuchar, que era para mí. En su defecto, preguntaban por una tarea, entonces obviamente no era para él la llamada.
Con respecto al nombre, he tenido que aguantar ser llamado en diminutivo o de escuchar unos pseudomodismos para variar mi nombre ¬¬
Jorga, claramente es muy NOT. Así que en eso no coincidimos jaja, saludos.
ouch!
ResponderEliminarme reí mucho, lo dije y qué!
Nelito <3
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